Historias con perro: el perro Paco

Tras hacernos eco de las increíbles vidas de Lukánikos y la simpática Eclipse, volvemos a poner nuestros ojos en nuestro país para descubrir a uno de los perros más queridos del Madrid de finales del siglo XIX: el perro Paco.

Un can callejero, que se paseaba como Pedro por su casa por los más selectos cafés de la capital española, llenando su barriga con los mejores manjares de todo Madrid.

Paco

Su historia, al menos la que está documentada, comienza en un frío día del mes de octubre de 1880. Hambriento y con la esperanza de encontrar a un alma caritativa que le diera algo para llenar su rugiente estómago, el perro se coló en el interior del Café Fornos. Quiso el destino que su mirada se cruzara con la del Marqués de Bogara, el cual le tiró el hueso de una chuleta para que se alimentara. El perro, al que puso Paco por ser el día de San Francisco de Asís, se puso tan contento que comenzó a hacer todo tipo de  gracias para agradecer tan generoso regalo.

Un día tras otro, el perro continúo acudiendo a la mesa del Marqués, llevándose cada vez su parte de la comida e incluso de la cena. Si su benefactor no acudía a la cita, cruzaba la calle y se introducía en otro de los cafés para probar suerte.

Esta costumbre, consiguió que todos los habituales parroquianos de los cafés de la época le cogieran cariño y se convirtiera en uno más de los clientes de locales de moda, incluyendo los que tenían prohibida la entrada a los perros.

No es la única afición que tenía el bueno de Paco, también gustaba de acudir cada vez que había corrida a la antigua Plaza de Toros de Madrid. Se sentaba en su localidad y disfrutaba del espectáculo hasta que la faena finalizaba. Nada más terminar y antes de que soltaran al siguiente toro, bajaba a la arena para “saludar” al respetable con sus saltos y carreras.

Una costumbre que provocó la herida que le causó la muerte. Estando sentado en su localidad, bajó a la plaza para manifestarle al novillero de turno su gran descontento por la pésima actuación que este estaba teniendo con el toro. Mientras saltaba a su alrededor, el lidiador se lo quitó de encima hiriéndole con el estoque. El público, al ver que habían herido a su querido compañero, saltó enfervorizado a la plaza con la intención de apalear a tan vil novillero.

Tras calmar al público, el empresario Felipe Ducazcal se llevó a Paco para que pudieran curar sus heridas. Lamentablemente, el pobre perro murió al poco tiempo, siendo disecado y posteriormente enterrado en algún rincón del Retiro.

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